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| Incan Koshi, el candidato del motocarro recorriendo las calles de Pucallpa. |
Se movilizaba en camioneta, raudo y veloz, en todas sus visitas a los pueblos del Perú profundo. Lo hacía para salvar largas distancias, ya fuera por la necesidad de ganar tiempo, por garantizar su seguridad, para sortear los repentinos cambios del clima, evitar riesgos por parte de opositores hostiles, o simplemente para contar con mayor comodidad y aliviar, en el trayecto, el cansancio del trajín diario de estos días tan intensos, en plena recta final hacia la segunda vuelta electoral en el Perú.
Esta es, por lo demás, una práctica habitual entre todos los candidatos que participaron en este proceso eleccionario, que ya llega a su fin: la vía terrestre es el medio más común y cercano para conectar pueblos y ciudades. Solo excepcionalmente se recurre a aviones, avionetas o helicópteros, cuando la rapidez es indispensable, aunque estos medios implican costos mucho mayores —ya sean asumidos por el propio candidato o por sus aportantes—.
Fue así como aquel candidato llegó a la tierra colorada, arribando en avión al aeropuerto. A diferencia de otras ocasiones y de otros candidatos, esta vez la recepción fue multitudinaria: no cabía un alfiler ni dentro ni fuera de las instalaciones del terminal aéreo, porque el lugar estaba completamente abarrotado de gente, camionetas, autos, motocarros y motocicletas que llegaban desde todas partes.
Era una tarde en la que, durante todo el recorrido, se podían ver rostros emocionados, sonrientes y llenos de alegría: hombres, mujeres de todas las edades, incluso niños y bebés en brazos. Todos estaban ahí llenos de esperanza, movidos por un mismo sentimiento: el aprecio y el respaldo a este candidato que prometía cambiar el rumbo del país, devolver la confianza y traer tiempos nuevos, dejando atrás la estela de corrupción e inseguridad que hoy asola nuestra patria.
El sol bajaba y el tiempo se acortaba: debía cumplir con su mitin y
luego seguir viaje hacia Iquitos, la gran urbe amazónica que colorea de rojo y
blanco la frontera nororiental del país. Pero antes, tenía dos compromisos
ineludibles: dialogar con los productores arroceros, que llevaban dos días de
movilizaciones a nivel nacional exigiendo la declaratoria de emergencia y
mejores precios para su grano; y reunirse con la dirigencia regional de su
organización política.
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| Roberto Sánchez, junto con Analí Márquez y Brígida Curo, dialogando con dirigentes arroceros del valle de Honoria-Huánuco sobre su problemática y medida de lucha emprendida. |
Al concluir estas conversaciones tan necesarias, y tras reponer fuerzas con un suculento plato de la gastronomía local, el candidato reinició su camino hacia la plaza de armas del asentamiento humano 9 de Octubre, donde ya mucha gente le esperaba. Fue en este tramo cuando tomó una decisión que marcó su recorrido: dejar de lado la camioneta y desplazarse tal como lo hace cualquier habitante de Pucallpa. Quiso sentir el polvo cubrir su rostro, el barro pegarse a sus pies, el sol teñir su piel con el color del mestizo y del indígena de estas tierras del Ucayali, y la lluvia mojar su piel curtida —esa piel hecha de esfuerzo, forjada entre arrozales, maizales, yucales, platanales, palmerales, cacaotales y camucamales, todos frutos que regala nuestro Apu, el río Ucayali—. Y así, subió a un motocarro: ese vehículo típico de la selva, que libra mil batallas en el trabajo diario, tanto en zonas urbanas como rurales; una especie de carruaje popular, con el que las familias salen adelante luchando por su vida. Desde allí, saludaba a la gente del camino, que le respondía con la mano levantada o sonrisas llenas de emoción.
Ya en estas tierras que los pueblos shipibo-konibo llaman May Ushin —la tierra colorada—, Roberto Sánchez, el candidato presidencial del sombrero, de la agrupación Juntos por el Perú, cerró su recorrido encabezando una caravana inmensa, subido en aquel motocarro. Lo conducía un motocarrista que, visiblemente alegre y sorprendido, vestía pantalón de jean azul, camisa manga larga celeste —de esas que usan los obreros de construcción civil, y que cualquier trabajador, como él, suele comprar de segunda mano en la plaza Las Mercedes, el mercado de la vía de evitamiento Ramiro Prialé, en Manantay— y un gorro azul oscuro. Detrás de él avanzaban también, animosas y abrigadas por la brisa de la tarde, las compañeras de fórmula: la cusqueña Analí Márquez Huanca y la puneña Brígida Curo Bustincio. El aire estaba impregnado por la frescura del majestuoso río Ucayali, que bañaba el cielo de Pucallpa con un atardecer inolvidable: una experiencia única, muy distinta a las tardes frías y heladas de los Andes.
Así llegaron los tres, seguidos de una procesión colorida de conductores de motocarros y pobladores venidos de todos los rincones de la región Ucayali. Pero la mayor sorpresa fue para el propio Roberto Sánchez: al llegar a la plaza, encontró una multitud inmensa que le recibió con aplausos y gritos de aliento —muy distinto a la concurrencia mucho más reducida que le había recibido apenas dos meses atrás, en la primera vuelta—. La gente pedía a voces ese cambio que, desde los inicios de la República, se les ha negado, y que hoy, creen, por fin puede ser realidad. Fue ahí donde los hermanos shipibos-konibo le dieron su nombre, en su propia lengua: Incan Koshi, que significa La Fuerza del Inca.
Y esto puede, y debe, hacerse realidad: si Incan Koshi, el candidato del
motocarro, recibe el respaldo popular este 7 de junio; si se mantiene firme, se
ajusta los pantalones y expulsa —tal como hizo Jesucristo con los mercaderes
del templo— a quienes solo buscan su propio beneficio: las transnacionales, los
avivatos que siempre terminan gobernando, sin importar quién llegue al poder;
esos funcionarios, autoridades y congresistas que actúan siempre al amparo de
la corrupción y la extorsión.
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| Incan Koshi, la fuerza del inka, recibiendo el abrazo emotivo con una mirada de esperanza de un hermano del pueblo Shipibo-konibo del Ucayali. |
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