Una tarde de las tantas tardes,
el sol caía fustigante sobre el cielo campoverdino, y mi amigo Dino y yo
buscábamos un lugar donde aplacar la sed. En esa búsqueda vimos un cono de
helado, que hacía de letrero publicitario en 3D, en la calle José Pezo, a media
cuadra de la plaza de armas de Campo Verde. Compramos dos barquillos y, helado
en mano, caminamos hacia la plaza para sentarnos en una de las sólidas bancas
de granito, debajo de techos naturales de flores trepadoras cuyas hojas
brindaban una agradable sombra y frescura con una acariciante brisa que
invitaba a disfrutarla.
Al día siguiente, de vuelta al
barrio, como se suele decir coloquialmente y en similar hora del día anterior,
mi amigo Dino dijo:
— ¿Y qué tal si de nuevo ese
heladito de ayer?
— ¿Verdad, no? No estaría mal.
Estuvo muy agradable, ¿eh? —respondí.
Entonces Dino se detuvo frente a
la misma tiendita. Bajamos a pedir de nuevo los sabrosos helados y nos dijeron
que ya no había. Y desde luego que fue así, porque ya no vimos la máquina
heladera y tampoco el cono de helado 3D que lucía en la puerta del
establecimiento.
— ¿Y ahora, dónde habrá otro igual? —preguntó Dino.
— Ah, pero hay otro allá en la
pista, frente al paradero, ¿viste? —le respondí, recordando haberlo visto
anteriormente y con la esperanza de que así sea, porque ya aquel agradable
sabor que había experimentado ayer se me hacía agua en la boca.
Dino, diestro en el timón de la
moto, arrancó el motor. Me subí y fuimos rumbo hacia el otro cono que habíamos
visto; avanzamos por el tanque elevado de Campo Verde, bajamos por la calle
enripiada hacia la pista, cruzamos y él dobló hacia la izquierda por la calle
apretujada de motocarros, mesas y toldos en ambos lados que estrechaban la
circulación de vehículos menores. Y ¡zas!, allí estaba el cono 3D entre el
bullicio del parlante ofreciendo huevos de codorniz cocinados, la voz del
llamador de autos y combis con la consabida frase: «¡Pucallpa, Pucallpa, uno
más y nos vamos!», y el sonido de motores grandes y pequeños de camiones y
motocarros yendo y viniendo en diferentes direcciones, rumbo hacia Pucallpa y
Lima.
Dino bajó la marcha y se
estacionó junto a otras motocicletas y motocarros frente a los establecimientos
comerciales del lugar. Me bajé y me encaminé hacia donde estaba el cono 3D, seguido
por Dino. Entramos al lugar; unas pequeñas mesitas circulares y cuadradas de
mica de color rojo y patas negras de fierro, con sillas de igual material y
color, estaban ubicadas bajo un techo de calamina, haciendo de entrada a un
chifa-pollería-restaurante. Nos sentamos en una de ellas y busqué con la mirada
a quien atendiese. Divisé junto a la máquina heladera a una bella jovencita con
el cabello recogido hacia atrás con un carmín, cuyo cuerpecito esbelto, de tez
trigueña, nariz perfilada y mirada sobria y angelical, impactó en mis retinas.
Pregunté, no sin antes saludar:
— Señorita, buenas tardes, ¿hay helados?
— Sí.
— ¿A cuánto está?
— A uno y dos soles. Hay de dos
sabores: vainilla y chocolate, y también sale combinado.
Nos miramos con Dino entre sí,
como preguntándonos, y él dijo:
— Me das de chocolate, de dos soles.
— ¿Y usted? —me preguntó ella.
— Ah, me das de vainilla por
favor —mi sabor favorito—, dije yo.
Ella tomó dos conos o barquillos
vacíos de una cajita de cartón y los cogió hábilmente en su mano izquierda.
Bajó una palanca, de las tres que tiene la máquina heladera, que vertía una
crema, desde luego color chocolate, girando dos vueltecitas entre sí el cono y
levantó la palanca, para luego hacer lo mismo con la palanca del otro extremo para
extraer la crema blanca de vainilla. Luego les echó un hilo líquido de miel
saborizante y unas pizcas de bolillas diminutas de diferentes colores para
luego pasar a entregárnoslos.
— Tenga, sírvase.
— Gracias —respondimos cada uno
automáticamente.
Cogí el helado, que parecía
grande, con la crema blanca desbordante y la miel con un hilo bajando por las
paredes del cono. Procedí a darle vuelta suavemente, pasándole la lengua al
contorno piramidal de la crema que se derretía imperceptiblemente con su delicioso
sabor; deleite incontenible, propio de los dioses.
Entre conversaciones propias de
los motivos por los cuales estamos yendo a Campo Verde esta temporada, y como
contemplando la tarde y la cotidianidad del lugar, consumimos el sabroso helado
que, de mi parte, vi más apetecible el chocolate de Dino que la monótona albura
del mío. La tarde cayó y la noche nos dijo que ya era hora de volver; porque
naturalmente, ya habíamos concluido la jornada del día y debíamos retornar.
Y así, cada día que íbamos a
Campo Verde, antes de retornar, pasábamos a degustar un helado. En la siguiente
oportunidad ella nos dijo que, en vez de pedir un solo sabor, podría ser el
combinado, y a sugerencia de ella convenimos que sí. Finalmente, cada vez que
íbamos por los helados, nuestro preferido era el combinado. Así que los sábados
y domingos, religiosamente, pasamos por la tiendita y pedimos el consabido
helado, pues ella ya sabe nuestro sabor preferido.
En una de esas ocasiones, me
atreví a preguntarle su nombre para poder llamarla como tal, y ella respondió:
— Me llamo Azairus.
— Ah, mucho gusto, ¿y qué
significa Azairus? —le volví a preguntar.
— Azairus significa “ir hacia un
nuevo destino”.
— Vaya, Azairus suena mágico,
casi arabesco, y su significado es muy enigmático: el propio destino —le
respondí—. Mi nombre es Aliardus, para ser amigos.
Desde esa oportunidad y cada vez
que llegamos donde ella, aparte de observar el panorama y los alrededores, mis
ojos terminan mirándola indiscreta y fugazmente, tanto que, a veces, nuestras miradas
se entrecruzan casualmente. Generalmente ella tiene una mirada adusta y seria,
aunque a veces deja escapar una mirada distraída y una leve sonrisita que me
transporta hacia otros mundos imaginarios, al planeta del Principito, donde se
convierte en mi rosa estelar. Entonces converso con ella desde mi silencio y la
distancia; le digo palabras que no llegan a expresarse, sin sonido ni letras,
pero sí con un profundo sentimiento que solo los amores platónicos saben
descifrar.
El silencio y el mirar se han
vuelto, entre ella y yo, un lenguaje común que termina convirtiéndose en un
sonido ya conocido por los dos al despedirnos después de cada visita
“religiosa”:
— Hasta luego, muchas gracias.
— Hasta luego.
Entonces su dulce voz de niña se
queda grabada en mi mente. En el camino su imagen crece cada vez más y yo me
pierdo en la oscuridad de las noches interminables, en medio de luces fugaces
que pasan raudas por la carretera, cual camino estelar hacia nuevos mundos: el
mundo estelar de Azairus.
Esta mañana volví a verla y,
mientras Dino y yo esperábamos una respuesta, naturalmente degustando
religiosamente el tradicional helado, escribí unas líneas para Azairus. Cerca
del mediodía, luego de dilucidar qué ruta tomar —si desviarnos por el caserío
El Porvenir en rumbo hacia Pucallpa, comer algo por allí o conocer nuevos
lugares atractivos y paisajes naturales—, elegimos la vuelta a casa. Al partir,
arranqué la hoja de mi cuaderno de notas y le entregué este escrito,
diciéndole:
— Escribí esto para ti, tal vez no vuelva a verte.
— Está bien, gracias —me dijo
ella y nos despedimos, no sin antes mirarla a los ojos. Ella me regaló su
siempre sonrisa de niña inocente con su mirada de ángel.
AZAIRUS
Mi
nuevo destino.
Inspirado en tu perfil
delineado y divino
atraído por tu mirada
dulce y angelical
enamorado de tu sonrisa
inocente y traviesa,
quisiera escribirte
un poema libre al viento.
Mas el viento me dice
que escribirte no podría
porque tienes otros horizontes
que solo mirarte debería
desde la lejanía,
que el tiempo obrará.
Humanamente creo que sí,
y es mi loco corazón
que se atreve a romper
los designios del destino,
mientras mis manos delinean
las letras de tu nombre: Azairus.
Aliardus
Campo Verde, 19 julio
2026.


